Desmontando las mentiras sobre el camarada Stalin

Para analizar la figura de Stalin, primero hay que contextualizar bien. Fueron los años donde la lucha de clases alcanzó su mayor temperatura en varios episodios y donde esa lucha se hizo más franca y abierta. Stalin fue, para millones de soviéticos y comunistas del siglo XX, el símbolo de una época de hierro en la que la supervivencia misma de la revolución dependía de la firmeza política, la industrialización acelerada y la capacidad de resistir el asedio constante del capitalismo mundial. Su figura se alzó en uno de los períodos más convulsos de la historia humana, cuando la joven Unión Soviética se encontraba rodeada de enemigos internos y externos, obligada desde el primer día a combatir por su propia existencia.

La lucha de clases no desapareció con la Revolución de Octubre, al contrario, se recrudeció. Tras la caída del viejo orden zarista, los restos de la aristocracia, la burguesía y los sectores contrarrevolucionarios organizaron una guerra despiadada contra el nuevo poder soviético. Los llamados “blancos”, apoyados por catorce potencias extranjeras, intentaron estrangular la revolución antes de que pudiera consolidarse. En aquel escenario de hambre, sabotaje, invasión y guerra civil, Stalin emergió como uno de los dirigentes que defendieron la continuidad del proyecto socialista frente al cerco capitalista internacional.

La herencia de la Primera Guerra Mundial había dejado a Rusia devastada, con una economía atrasada, millones de muertos y una infraestructura prácticamente destruida. Bajo la dirección soviética posterior, y con Stalin en el centro del aparato político, el país emprendió una transformación gigantesca. En apenas unas décadas, una nación predominantemente agraria se convirtió en una potencia industrial capaz de fabricar acero, tractores, locomotoras y armamento pesado a una escala inimaginable para el viejo imperio zarista. Sus partidarios recuerdan especialmente los planes quinquenales, la electrificación masiva, el desarrollo científico y la expansión de la educación y la sanidad pública universal. Allí donde antes predominaba el analfabetismo y la miseria rural, surgieron fábricas, universidades, presas y ciudades industriales. La URSS pasó de ser un país atrasado a convertirse en una superpotencia capaz de competir ideológica, tecnológica y militarmente con Occidente y eso es lo que jamás le va a perdonar la burguesía.

Pero el momento decisivo llegó con la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Frente al avance de la maquinaria de guerra de Adolf Hitler, la Unión Soviética soportó el peso principal de la guerra en Europa. La batalla de Stalingrado, el sitio de Leningrado y la ofensiva final sobre Berlín quedaron grabados como episodios de sacrificio colosal. Veinte millones de soviéticos murieron defendiendo su patria socialista, y Stalin fue visto por muchos como el dirigente que mantuvo unido al país en las horas más oscuras. La victoria sobre el nazismo no fue únicamente militar, simbolizó la derrota de una ideología racista y exterminadora que pretendía esclavizar a los pueblos eslavos y destruir el proyecto soviético. La bandera roja sobre el Reichstag se convirtió en un emblema histórico del triunfo antifascista.

Ante los grandes logros conseguidos por la URSS bajo el mando de Stalin, la burguesía ha respondido con un cúmulo de acusaciones exageradas, instrumentalizadas o utilizadas durante décadas como arma ideológica por adversarios de la URSS y del comunismo. Sus críticos señalan la represión política, las purgas y el enorme costo humano de determinadas políticas. Pero esas purgas no fueron llevadas a cabo hasta el extremo porque dejaron viva una quinta columna dentro del bloque soviético encarnada en la figura de Khruschev y su Discurso Secreto del XX Congreso que fue la primera estocada, antes de la Perestroika, para que el bloque socialista volviera al capitalismo traicionando la ciencia del marxismo-leninismo. En las denuncias de esos gusanos lacayos de la burguesía, la memoria de Stalin se tiene que contextualizar dentro del escenario de guerra permanente, sabotaje, conspiraciones y enfrentamiento global en que nació y vivió el Estado Soviético.

Así, para quienes reivindicamos su legado, Stalin representa la voluntad de resistir cuando parecía imposible, la transformación de un país humillado en una potencia mundial y la derrota del nazismo a costa de inmensos sacrificios. Su nombre continúa despertando debates apasionados porque encarna, al mismo tiempo, las grandezas, tragedias y contradicciones de toda una era histórica.

Desde el PCOE, la figura de Stalin permanece ligada inseparablemente a la defensa consecuente del marxismo-leninismo, a la construcción del socialismo y a la derrota histórica del fascismo. Para sus militantes y simpatizantes, Stalin no fue el monstruo caricaturesco dibujado por décadas de propaganda anticomunista, sino un dirigente revolucionario forjado en la lucha de clases más feroz que haya conocido la humanidad contemporánea. Bajo su dirección, la Unión Soviética resistió invasiones, derrotó a la contrarrevolución interna, aplastó al nazismo y demostró que la clase obrera podía levantar un Estado capaz de desafiar y vencer al imperialismo mundial. Allí donde los enemigos del socialismo pretendieron ver únicamente terror y ruina, millones de obreros y campesinos vieron fábricas, escuelas, ciencia, dignidad y soberanía popular.

Para el PCOE, las innumerables calumnias vertidas contra Stalin forman parte de una ofensiva ideológica destinada a desacreditar cualquier experiencia revolucionaria que cuestione el dominio del capital. La burguesía jamás perdonó que la URSS estalinista convirtiera a un país atrasado en una superpotencia obrera y campesina capaz de hacer temblar los cimientos del orden imperialista. Por ello, su memoria continúa siendo objeto de ataques incluso muchas décadas después de su muerte.

Y, sin embargo, pese a todas las campañas de difamación, el nombre de Stalin sigue asociado a una de las mayores gestas de la historia, la construcción del socialismo en condiciones extremas y la victoria heroica del pueblo soviético sobre la barbarie nazi. Para quienes mantenemos viva la bandera roja del comunismo, Stalin permanece como símbolo de disciplina revolucionaria, firmeza ideológica e internacionalismo proletario, es un dirigente cuya huella histórica no puede ser borrada ni por la propaganda ni por las falsificaciones del enemigo de clase.

 

¡Gloria al camarada Stalin!

¡Socialismo o barbarie!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)

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